lunes, 25 de agosto de 2014

JazzEñe, la iniciativa de la Fundación SGAE para difundir el jazz español


Parece que el aficionado madrileño podrá ampliar su reducido repertorio de locaciones para poder disfrutar de buen jazz. Teniendo en cuenta que en los últimos tiempos Madrid ha quedado huérfano de madre (el Johnny) y de padre (el Festival de Jazz de Madrid) en lo que a jazz se refiere, el proyecto que tendrá lugar el próximo mes es, sin duda, una buena noticia.

El responsable de esta iniciativa es la Fundación SGAE, que, en colaboración con Acción Cultural Española, el Instituto Cervantes, la Residencia de Estudiantes y Radio 3, ha creado JazzEñe, una iniciativa para dar a conocer el jazz que se hace en España.





Efectivamente, con esta pequeña selección de figuras emergentes y músicos de extensa reputación, se pretende conseguir una muestra representativa del jazz que aquí tiene lugar; misión obviamente inalcanzable al estar acotada a sólo 11 conciertos, pero definitivamente interesante y digna de nuestra atención.



La muestra tendrá lugar durante los días 25, 26 y 27 de septiembre en la Sala Berlanga (
Andrés Mellado, 53).



Los conciertos


Todas las actuaciones estarán adaptadas a este carácter de muestra de que hace gala Jazzeñe. Por ello, se llevarán a cabo en formato showcase de 45 minutos de duración; cada sesión contará con dos conciertos, excepto la de Chano Domínguez y Niño Josele, que no contará con una segunda actuación. 

El precio de cada sesión será de 5 euros.




Jueves, 25 de septiembre 
19:00 h.
–Antonio Serrano “Mahalo” con Albert Sanz
–Marco Mezquida Trío
22.00 h.
– Chano Domínguez y Niño Josele “Chano & Josele”
Viernes, 26 de septiembre 
19:00 h.
–Sindicato Ornette
–Irene Aranda “Charbagh”
22:00 h.
–Jorge Pardo “Huellas”
–Guillermo Mc Gill Cuarteto Sur
Sábado, 27 de septiembre 
19:00 h.
–Antonio Lizana Group
–Pepe Rivero Trío. Una selección entre Los Boleros de Chopin y Monk & The Cuban Rumba
22:00 h.
–¡ZAS! Trío Marcelo Peralta, Baldo Martínez, Carlos “Sir Charles” González
–Pablo M. Caminero. O.F.N.I.- Objeto Flamenco No Identificado


Objetivo: la internacionalización


En palabras de la Fundación SGAE:


JazzEñe es un programa de la Fundación SGAE creado para difundir internacionalmente el jazz que se hace en España. Es un festival con 11 conciertos que se celebran en la Sala Berlanga de Madrid del 25 al 27 de septiembre de 2014. Junto al público, y por primera vez en nuestro país, asistirán directores de festivales europeos que vienen a conocer la realidad del jazz español. Lo harán de la mano de una selección de músicos nacionales -consagrados y jóvenes autores de enorme talento-, elegidos por un comité compuesto por periodistas especializados, directores de festivales españoles o programadores de clubs, entre otros.
JazzEñe es, además, un marco de encuentros. Los músicos españoles participantes en el festival tendrán a lo largo de estos días la oportunidad de convivir en la Residencia de Estudiantes con directores de prestigiosos festivales europeos de Alemania, Bélgica, Francia, Holanda, Inglaterra, Macedonia, Polonia, Portugal, Turquía y República Checa.


Apoyamos esta iniciativa y los objetivos que plantea, pero resulta inevitable sugerir, como testigos reales del escenario jazzístico en que nos desenvolvemos, que se fije la mirada, como primer paso, en lo que está ante nuestros ojos a corto plazo y al alcance de la mano; esto es, lo que está sucediendo –y especialmente lo que no sucede– en los lugares donde estos músicos desean tocar: la hostilidad administrativa y la necedad de quienes deberían gestionar públicamente –si no con sabiduría, al menos con una mínima formación o un criterio básico– la accesibilidad a estos hechos artísticos de los que se nos ha ido despojando.


Si la única salida existe fuera, lo perdemos todo.


viernes, 8 de agosto de 2014

El sueño de una noche de verano –y mi músico de jazz favorito–


Hace unas semanas estuve en un festival de música; se trataba de uno de estos eventos tan habituales en verano en que se programan conciertos de las llamadas músicas del mundo; entre ellas, claro está, el jazz. Suele elegirse un escenario grande a cuyo equipo de sonido se dedica, como es normal, una gran atención para compensar la falta de acústica del emplazamiento. En esta ocasión, se trataba de un festival al aire libre.
En principio el concepto resulta bastante atractivo; sin embargo, desde mi llegada al recinto hasta el día de hoy, aquel concierto y todo lo que lo rodeaba me ha llevado a reflexionar sobre algunas cuestiones cuyas conclusiones ahora comparto.

Lo primero que llamó mi atención fue que el precio de la entrada rondaba, aproximadamente, el 10% del salario mínimo interprofesional en España. Quien hiciera esa inversión para asistir al concierto se iba a encontrar con una silla de plástico sin reposabrazos que cedía a cualquier intento de conseguir una postura civilizada y un fuerte hedor a orín en varios puntos del recinto.
Al margen de los aspectos relacionados con la organización, me sorprendió la actitud del público en sí. Sólo de parte del público, ciertamente; pero me desconcierta que tras una inversión de tiempo y medios se ignore el objeto para el que han sido empleados y no se tenga consideración por el paisano del asiento de al lado que intenta escuchar esa música por la que está ahí.

Mientras trataba de asimilar (en realidad, ignorar) todas estas circunstancias que ocurrían a mi alrededor, mi mente voló de forma inconsciente a los clubes de jazz, sobre los que ya en alguna ocasión me habéis leído referirme como los últimos bastiones de jazz de mi ciudad. Pensé en los conciertos de las big band y en los 18 músicos que la conforman y que dan lo mejor de sí mismos pese a que un pequeño aforo de espectadores que ha invertido, digamos, el 2% de ese salario mínimo no puede en modo alguno garantizar un pago acorde a la calidad de la música que se ofrece. Pensé también en el gerente del club y en su gran compromiso con el público (con vosotros, conmigo); generalmente renunciando a su naturaleza de empresario (al menos en el sentido material) para poder llevar a cabo un proyecto así, e intentando compensar este hecho en sesiones de ocio de otra índole musical en las que posiblemente ni vosotros ni yo estaremos presentes.

Hace algunas semanas, en aquel festival, pude confirmar las sospechas de algo que hace ya bastante tiempo ronda por mi cabeza: que mi músico favorito de jazz es aquel que toca en clubes. Mi jazzman preferido puede –o no– subirse a tocar al escenario de un festival ciclópeo pero será fácil escuchar su música en un club. No tiene la más mínima importancia que haga sus bolos con músicos que puedan catalogarse en otros géneros –puede que casi en otros mundos– porque, objetivamente, es un profesional de la música que ha de trabajar. Pero siempre volverá a un club; en él desarrollará su mejor música, buscará su mejor forma y mostrará los proyectos que le sean más personales, llevará sus retos a la máxima expresión que le sea posible, y lo hará, sin duda –y sin remedio–, sin pretensiones económicas. Estaremos ante un ser humano que da lo mejor de sí porque quiere hacerlo; y, posiblemente, porque le sea necesario e incluso imperativo. Será un acto de coherencia, de Arte real y de tributo a lo puramente humano.

Todas y cada una de las veces que he asistido a un concierto como los que una vez al mes ofrece la +Bob Sands Big Band en +Bogui  me he sentido afortunada, pero nunca tanto como aquella noche de verano sentada en una silla de plástico mientras, sonriente ante mi revelación, pedía silencio entre el hedor a orín.



Dedicado a Dick Angstadt.