martes, 23 de septiembre de 2014

Bix, Pops y ese sonido



En el presente en que vivimos es difícil que un hecho pase desapercibido a la tecnología que está en nuestras manos. Casi todo es capturado, compartido y reproducido sin medida. Estas condiciones nos han ido acostumbrando a unas posibilidades que en muchas ocasiones no nos es posible apreciar, precisamente por haberse convertido en algo habitual y francamente accesible.


Pero no siempre fue así.

Tampoco en Música fue así.

En jazz no siempre fue así.


Existen, por fortuna, numerosos ejemplos de grandes encuentros musicales entre figuras míticas del jazz que, sin duda, nos han dado obras importantes, tanto en estudio como en directo; el resultado de estos encuentros es un valiosísimo testimonio de lo que musicalmente sucedía en aquel momento, muchas veces auspiciado por figuras como Bob Thiele o Norman Granz, que siempre apostaron por propiciar estas citas en estudio.


Pero no siempre fue así.

En jazz no siempre fue así.


En los locos años 20 las grabaciones no eran algo común; había citas de músicos de jazz en estudio para Okeh o Victor y ciertas retransmisiones radiofónicas, pero los criterios eran muy diferentes a los que más tarde empezaron a regir en las discográficas. Tampoco el jazz era visto como un género serio, sino más bien como el complemento necesario para un salón de baile. Sin embargo, esta música evolucionaba a una velocidad extraordinaria, y los músicos que habían caído bajo el hechizo del jazz vivían ya obsesionados con el sonido al que deseaban llegar.


Bix, corneta en mano y
estrenando traje
Y esto, exactamente, es lo que sucedió con dos de las más grandes figuras de aquel momento y de la Historia del jazz: Louis Armstrong (1901-1971) y [Leon] Bix Beiderbecke (1903-1931).


Ambos, Pops y Bix, comenzaron su aventura musical con uno de los primeros instrumentos que, herencia de las bandas militares, se introdujo en las primeras formaciones jazzísticas: la corneta de pistones. Cuando Armstrong comenzó a tocar en la orquesta de Fletcher Henderson, hacia el año 1924, cambió el instrumento por la trompeta. Bix, sin embargo, siempre fue fiel a la corneta; a menudo se le preguntaba por qué no se cambiaba de instrumento, dado que la trompeta iba ganando popularidad, pero él siempre tuvo claro que la compañera inseparable para él habría de ser ella. Esto no era en modo alguno incompatible con su faceta como pianista, pues era habitual que utilizara este instrumento para componer, como sucedió con su pieza de inspiración impresionista In a Mist. De hecho, cuentan amigos músicos de Bix que, cuando iban a visitarlo a su hotel en Nueva York, tenían la costumbre de hacer un acorde con ambas manos en el piano que Bix tenía en el baño y apostar un dolar a que, estando en el dormitorio, era capaz de decir cada una de las diez notas que correspondían con las diez teclas que habían tocado.




Louis, Pops, Satchmo o como gustéis llamar
a nuestro jazzman
Cada uno en su instrumento, tanto Bix como Louis fueron las figuras clave de lo que estaba por venir: lo que ellos hicieron no lo había hecho nadie hasta entonces; crearon algo nuevo con la música que aquellos a quienes admiraban llevaban apenas unos años practicando. 

Fueron pioneros y dejaron un legado brillante e incalculable que, aún hoy, es estudiado e investigado por expertos, curiosos, aficionados y profesionales, como sigue sucediendo con la interpretación de Armstrong en West End Blues o el solo de Singing The Blues de Beiderbecke.


Pero, como toda historia, la nuestra tiene un comienzo, y éste no podía acontecer en otro lugar que en el río Misisipi, máxime cuando hablamos de músicos de diferente raza en un momento histórico en que la segregación era tremendamente fuerte.






Hacia 1919, el joven Bix –que tenía entonces 16 años– escapaba de lo que su acomodada familia de Davenport (Iowa) esperaba de su benjamín y se acercaba a los muelles para escuchar esa música proveniente de las bandas que tocaban en los barcos; ese jazz tan diferente al dixieland que hacía tiempo había captado su atención y su tiempo.
En uno de estos barcos, el Capitol, tocaba la orquesta de Fate Marable, cuyo cornetista era un joven de 19 años llamado Louis Armstrong. Y así se conocieron.




Hubo más encuentros que fueron coincidiendo con los logros musicales de sus respectivas carreras; primero en Chicago y, más tarde, en Nueva York. Ambas ciudades eran una verdadera ágora musical para lo relativo al jazz; en Nueva York, hacia 1924, podía escucharse la pequeña banda de un recién llegado Duke Ellington, a la cantante favorita de Bix, Ethel Waters, el espectáculo de Florence Mills (tras cuya prematura muerte Ellington compuso Black Beauty) o la orquesta de Fletcher Henderson, con Louis Armstrong a la trompeta. Y algo parecido sucedía en Chicago. Pero durante estos años, ambos se acercaban a escuchar al otro en sus diferentes formaciones en cuanto tenían oportunidad; cada uno admirando sinceramente al otro, describiendo siempre recíprocamente a su coetáneo como el mejor trompetista que habían escuchado jamás. Pops afirma en su autobiografía que no sólo todos los trompetistas del mundo conocían y admiraban a Bix, sino que lo respetaban como a una deidad.


Aun así, su forma de tocar era profundamente diferente: mientras que la trompeta de Louis se mostraba dinámica, cargada de optimismo y amplitud en el tono y fuerza en el ritmo, en Bix se encontraba el lirismo y la creación en torno a la melodía, en un tono medio, sofisticado, seductor y envolvente. No en vano, su compañero Eddie Condon decía a menudo que la música que creaba Bix sonaba como una chica que decía . Rex Stewart, que ya había tomado el puesto de Armstrong durante la histórica batalla musical entre la orquesta de Henderson y la de Goldkette (en la que Bix tocaba entonces) quedo impresionado porque, mientras idolatraba todo cuanto Louis, su ídolo, hacía, de repente vio llegar a un chaval blanco que no tocaba ni como Pops ni como nadie hasta la fecha, y que era capaz de crear un tono tan hermoso e impactante.




Bix y Pops seguían intentando escuchar al otro cada vez que era posible, lo cual no era demasiado a menudo, dado que, debido a la segregación, no existía opción alguna de que fueran contratados por una misma orquesta. Sin embargo, algo realmente afortunado tuvo lugar pocos años después en Chicago: Louis Armstrong fue a escuchar a Bix con la orquesta de Paul Whiteman, y horas más tarde era él quien acudía al club donde su ídolo tocaba. Allí se quedó junto con algunos de sus compañeros de la orquesta hasta que el club despidió al último de sus clientes.


Y entonces sucedió. Algo que no podremos reproducir porque nunca fue capturado y sólo ha podido llegar hasta nosotros a través de los recuerdos de aquellos que estuvieron allí presentes.
La puerta del club se cerró. Bix tomó su instrumento. Pops tomó el suyo. Colegas de ambas orquestas se unieron y la jam session comenzó.
Sería un gran privilegio poder describir el sonido que crearon estos dos músicos juntos, arropados a su vez por compañeros como Earl "Fatha" Hines o Bill Rank. No puedo contar qué sucedió ni cómo sonaba lo que Bix y Armstrong creaban al tocar juntos. Sólo existen ciertas pistas que pueden acercar nuestra imaginación a aquella jam de un club de Chicago a finales de la década de 1920.


La primera de ellas la proporcionó el propio Louis, que llegó a comentar que nunca había escuchado una música tan buena ni semejante modo de expresarse como el que desplegó Bix. Sin embargo, esto no aporta la información sobre el efecto que creó la unión, a un mismo tiempo, de la música de estos dos genios.
Afortunadamente, Irving Friedman (apodado a partir de esa sesión por Armstrong como "Technician") y Roy Bargy estuvieron presentes en aquel momento y pudieron constatar que en absoluto se trató de dos trompetas individuales cediéndose espacio, sino de una verdadera conexión musical en la que los dos instrumentos se mezclaban, construyendo e intercambiando ideas. Gracias a ellos sabemos que no faltó Tiger Rag, un tema que Bix tocaba hasta la exasperación de sus familiares y que, esa noche, Louis interpretó casi ad infinitum; cada fraseo más agudo que el anterior, con el sonido del joven Beiderbecke unido en modos que sólo podemos tratar de imaginar, posiblemente explotando ese don suyo de conseguir lo mejor de los que le rodeaban cuando él tocaba.

Fue, en definitiva, ese sonido que existió solamente en aquel lugar y en aquel momento. Ese sonido que ninguna tecnología será capaz de ofrecernos porque, pese a nuestros hábitos y logros tecnológicos, en Música no siempre fue así. Porque en jazz no siempre fue así.


jueves, 11 de septiembre de 2014

'Riding On Duke's Train': una Odisea del jazz


Imaginad que pudierais utilizar una máquina del tiempo que, sin peligro alguno, os permitiera viajar al pasado y convivir con la orquesta de Ellington y con el propio Duke. Podríais, por ejemplo, tomar un helado en el porche de su casa en Sugar Hill junto con su hijo Mercer o asistir a los ensayos de la orquesta.


Con la deliciosa novela de Mick Carlon, Riding On Duke's Train (Montado en el Tren de Duke) (Leapfrog Press), podéis vivir la experiencia completa: viajaréis en el tren plateado que Ellington alquilaba para desplazarse por los Estados Unidos y formaréis parte del emocionante viaje (casi una expedición) musical y personal que su orquesta realizó entre marzo y abril del año 1939 por una Europa que se preparaba para una guerra inminente ante la amenaza nazi, cuyo régimen tendrá un gran peso en la novela, máxime cuando se recrea el hecho histórico de la retención, a su paso por la frontera de Hamburgo, del tren en que Ellington y sus "costosos caballeros" se dirigían para tocar en Dinamarca. 
Hacía ya cuatro años que Alemania había vetado la que denominaban música de negros. "Oh, vaya, y yo que pensaba que tocábamos jazz", dirá Duke.

En esta aventura por la Europa prebélica tendremos la oportunidad de tomar contacto con los Jóvenes del Swing (Swing kids) en Alemania o los Hot Club franceses, y de conocer al mismísimo Django Reinhardt.

Todo ello lo viviremos a través de los ojos de Danny, un niño de 9 años que viaja con la orquesta. Él será los ojos de Carlon; será vuestros ojos. Sin embargo, el Ulises de esta Odisea no puede encarnarse en otro que en Ellington; su orquesta será su tripulación. Sin lugar a dudas, la Atenea omnipresente en esta historia, la compañera, cómplice y protectora de nuestro Odiseo moderno, es, como bien sospecháis, la Música. Y es que, efectivamente, Riding On Duke's Train es una Odisea del jazz narrada en veinte cantos. Su estructura narrativa será la homérica: comienza in media res, ante la bola de cristal de una gitana en París: nuestro particular oráculo griego, que ha de resultar ser infalible.

Rex Stewart fotografiado 
por William P. Gottlieb
A partir de este punto iremos conociendo las peripecias de Danny en su convivencia con todos estos fascinantes personajes, que Carlon ha sabido reconocer como el precioso material literario que son. No hay más que tener en cuenta los consejos que el afable Rex [Stewart] da a nuestro Danny: nunca apostar al póquer con la hermosa Ivie [Anderson] y mantenerse alejado de Juan Tizol y la navaja que llevaba siempre consigo (lo que, creedme, daría para otra novela). 
Una de las claves para recuperar negro sobre blanco personalidades tan diversas y carismáticas como son todos y cada uno de los componentes de este irrepetible grupo humano y musical (y muy especialmente la de una figura tan singular y a un tiempo tan compleja como fue Duke Ellington) reside sin duda en el amplio conocimiento que Carlon posee sobre cada uno de ellos y sus circunstancias. No en vano, Mercedes Ellington, nieta de nuestro duque, dijo al propio Carlon: "Has captado a mi abuelo. Ha sido como pasar tiempo con él de nuevo". Algo similar sucedió con el crítico e historiador Nat Hentoff que, en la misma línea, confirmó al autor que el personaje de su novela era el Duke Ellington que él conoció.


Es realmente satisfactorio encontrar en estos días un autor que domine el arte de escribir con sencillez, y que esta sencillez no responda a la simpleza sino a la pureza. Conseguir decir mucho con poco y ser capaz de crear atmósferas reales con unos personajes con los que (a excepción del pequeño Danny) un narrador no puede darse licencias si desea ser fiel a su proyecto, es uno de los méritos de la novela de Carlon.


Él es consciente de que recae en nosotros la tarea de la transmisión de estos hechos; del pensar y sentir de estos seres humanos. Tarea ésta difícil entre los hispanohablantes, que aún no tenemos la suerte de poder acceder a una traducción en castellano de Riding On Duke's Train, pese a ser éste un libro tan versátil y didáctico, capaz de llegar a tantos tipos diferentes de lectores (no necesariamente amantes del jazz) de tan diversas edades. De hecho, la novela forma parte del sistema educativo estadounidense y, por ello, es leída cada año por miles de jóvenes que podrán de este modo hacer suyos a estos iconos tan emblemáticos de la cultura del siglo xx y de esta música llamada jazz.



Riding On Duke's Train. Leapfrog Press. 2012
160 páginas
ISBN: 978-1-935248-06-4


jueves, 4 de septiembre de 2014

Sobre el canon AEDE y cómo va a afectar a este blog



En el país en el que vivo, España, confluyen varias circunstancias -ejecutivas, legislativas y de índole empresarial- que al unirse dan como resultado realidades tan bizarras como el canon AEDE (también conocido por el desafortunado nombre "tasa Google"). Con esta medida oficial, la Asociación de Editores de Diarios Españoles (AEDE) reclama compensaciones al considerar que los agregadores de noticias o buscadores roban a los diarios españoles. De igual modo, impone sanciones a aquellos usuarios que colaboren enlazando a estos periódicos. Por tanto, cualquier enlace a una publicación adscrita a la AEDE (diarios como El país o El Mundo) que aparezca en una plataforma digital de cualquier naturaleza y acogida a cualquier tipo de licencia podría ser penalizada con una multa entre 300 y 300.000 euros.

Es posible que a estas alturas podáis tener la impresión de no haber comprendido bien el párrafo anterior; temo deciros que sí lo habéis hecho: la AEDE ha conseguido el apoyo del ejecutivo español para crear una ley bastante inespecífica en sus aplicaciones (lo que favorece que pueda ser utilizada de forma arbitraria) según la cual podéis ser sancionados por favorecer tráfico web en sus publicaciones (y por tanto aumentar sus ingresos publicitarios). 
Estos periódicos seguirán contando con sus especialistas en posicionamiento y, sin duda, utilizan herramientas como +Google AdWords España; es ilegal publicar en un blog artículos de prensa de ciertas publicaciones nacionales pese a que estos mismos artículos faciliten las opciones de compartir en Facebook, Twitter o +Google+.

Debido a la existencia del canon AEDE, en este blog no se hará mención alguna de los diarios que han decidido libremente que dar a conocer su trabajo supone un delito.

Si tenéis una plataforma de publicación digital, os recomiendo tener en cuenta esta lista de publicaciones que penalizan que las compartáis (o promocionéis). Es cierto que mencionarlas no es considerado delito pero yo otorgo importancia al rigor, de modo que mencionar sin poder citar la fuente es inviable en mi manera de trabajar y de entender Internet.

Enfocado desde otro punto de vista: este blog podrá compartir o citar artículos de NPR, New York Times, Downbeat o Jazz Times Magazine, pero incurriría en un delito si lo hace con las secciones culturales de El País, El Mundo, ABC o El Diario de Álava (aunque sí podrá hacerlo con algunas publicaciones nacionales no adscritas a esta asociación. A modo personal he de lamentar que no sean especialmente conocidas por dar cobertura a una música como el jazz).

Entiendo que ahora es el momento de la opinión y la movilización pero deseo destacar especialmente la actitud de aquellos que crean soluciones (de control de daño; no podemos cambiar una legislación, al menos de forma inminente) para los internautas españoles. Gracias a ellos podéis utilizar herramientas como el plugin Link Shield (por ahora sólo compatible con +WordPress) para combatir a corto plazo una medida tan grotesca e injusta como es el Canon AEDE, en el que temo que tiene más que decir la estulticia que la avaricia (aunque esta última pese definitivamente en la balanza de este despropósito).