domingo, 30 de abril de 2017

Érase una vez el Jazz













Había una vez un reino que no tenía trono ni rey.



En él sí había príncipes.



Bill Evans recomienda no desesperar porque algún día llegará nuestro príncipe


Miles Davis está de acuerdo con Evans en convertir Someday my prince will come, tema de la película de Walt Disney Blancanieves en un estándar de jazz



Y también un conde.



Count Basie no permitía que quedara un solo habitante del reino sin mover los pies






Su duque agasajaba a reinas de otros mundos.


A single petal of a rose, tema que compuso Duke Ellington a la reina de Inglaterra




Los pájaros emitían hermosos trinos.



Ornitología pura de la mano de Charlie Parker




Bird Calls, de Rudresh Mahanthappa




El tren silbaba saludando a su paso.



Ellington haciéndonos mover la manita para saludar al tren en Lucky Go Happy Local



Existía también un coloso, pero era un gigante que no daba miedo.





Nuestro Coloso, Sonny Rollins, y su Doxy





Había, por supuesto, mujeres hermosas.



Black Beauty, tema que compuso Duke Ellington tras la muerte de la joven Florence Mills






Pero en este reino las mujeres que sufrían alzaban su voz por el sufrimiento de otros.





Billy Holiday y su Strange Fruit




Los ciegos se encargaban de que el resto fuera capaz de ver, pues contaban con una visión que abarcaba mucho más que un par de ojos.



El maestro Art Tatum


Darn That Dream interpretada por Tete Montoliu



Con ustedes, Lennie Tristano. You Don't Know What Love Is





A los habitantes de este reino le gustaba el cine.



John Coltrane prestó mucha atención a Sonrisas y Lágrimas. Tanto que convirtió My Favorite Things en un estándar de jazz


Cautivos del Mal (The Bad and the Beautiful), de Vincente Minnelli, gustó en el reino, como demuestran Tony Bennett y Bill Evans




La música que creó Alex North para la película Espartaco causó mella en el reino. Y en Yusef Lateef





A J. J. Johnson le gustó algo más que Gene Tierney en la película de Otto Preminger Laura




Y la pintura.



Chelsea Bridge fue compuesto por Billy Strayhorn tras observar un cuadro del puente de Battersea en Londres


Fred Hersch visita los Cuadros de una exposición de Modesto Mussorgsky




Pero, sobre todo, les encantaba la música. Toda música posible. De cualquiera época. De cualquier mundo.




My Reverie, o Debussy según Terry Gibbs


El Cascanueces de Tchaikovsky con el swing de Shorty Rogers


El arte flamenco de Antonio Lizana en su versión de la Gnossienne n.º 3 de Erik Satie


En la Gruta del Rey de la Montaña, del Peer Gynt de Grieg, orquestado por Ellington y Strayhorn


Así suena Stevie Wonder en el saxo tenor de Sonny Rollins



El Cant Dels Ocells por Tete Montoliu






Paranoid Android, de Radiohead versionado por Brad Mehldau




El punto manouche de Cyrille Aimée en Off The Wall, de Michael Jackson








La ciencia y la religión convivían pacíficamente.



Synovial Joints, el manual musical de anatomía de Steve Coleman


A Love Supreme. Dios en la tierra contado por el profeta Coltrane





Astrologic, de Ernesto Aurignac







El reino contaba incluso con un monje supremo.




Thelonious Monk y uno de los cantos más hermosos del reino: 'Round Midnight





La identidad era importante, y había que protegerla a toda costa.



Kurt Elling interpreta el Lush Life de Billy Strayhorn







Pero para que los habitantes del reino vivieran en paz existía un hechizo secreto que se convirtió en ley. Una ley única que hoy vengo a contaros, y que es la siguiente: «De nada sirve si no tiene swing».













Texto © Mirian Arbalejo


sábado, 8 de abril de 2017

Sobre la peculiaridad de los premios de Jazz Journalists Association de este año





Una de las más extensas compulsiones contemporáneas tanto virtuales como en prensa son las listas. De todo tipo, estiramiento y rareza. Da igual la disciplina, la temática o la excusa: hay listas sobre todo lo listable.


Y en el jazz, por supuesto, no vamos a ser menos, aunque por ahora parece que lo hacemos con cierta contención. Y digo hacemos porque, como sabéis, sigo la autoimpuesta tradición anual de publicar mis diez discos favoritos del año. Particularmente considero útil compartir esta selección por varias razones, aunque posiblemente la más terminante sea una mezcla de dar valor y visibilidad a trabajos que han aportado algo que antes no existía y han dignificado y emocionado nuestras horas. Un pequeño quid pro quo.


En mi caso siempre elijo el último día del año para publicar mi selección, aunque las listas suelen alcanzar su cénit en enero. Es al final de ese mes cuando recorro con curiosidad todas las listas publicadas con los favoritos de unos y otros. Resulta que siempre existen nombres comunes entre nuestras listas; generalmente los discos que coinciden son bastantes… excepto este año. Y no me refiero a que los de mi lista hayan sido diferentes a los del resto, sino a las de todos con todos. Curioso, ¿verdad?


He dedicado bastante tiempo a revisar estas listas en busca de una pista, un patrón… algo que me desvelara cierto sentido. La única conclusión a la que he llegado es la siguiente: los autores (como voz individual) han premiado una forma de hacer jazz y las publicaciones se han decantado por movimientos artísticos específicos.


En el caso de los autores individuales, los «subgéneros» son variados, los músicos consolidados se codean con los emergentes, y la presencia del trabajo melódico es un ingrediente común. En las listas de las publicaciones especializadas predominan las vanguardias —especialmente lo que solemos denominar avant-garde y free-jazz—, optando, dentro de este movimiento, por trabajos donde el jazz es más conceptual y la melodía no es un elemento prioritario.


Es la primera vez —al menos en la década que llevo escribiendo sobre jazz— que se da una dualidad tan marcada entre quienes intentamos poner en palabras lo que sucede con esta música. Por eso confieso que estoy especialmente intrigada con los resultados de este año de los premios de la +Jazz Journalists Association.


Los miembros de la asociación con derecho a voto acabamos de presentar nuestras nominaciones. El siguiente paso será votar en cada categoría entre los más nominados. Lo cierto es que siento una curiosidad considerable por recibir la selección final de los nominados porque se basará en propuestas de «ambos bandos», si se me permite el simplismo.


¿Seremos fieles a nuestras listas? ¿Habrá un encuentro entre géneros? ¿Se ignorará esta interesante dualidad y saldrán los nombres de siempre?


Habrá que esperar al 1 de mayo para conocer a los nominados y al 1 de junio para felicitar a los que se harán con el galardón.


Ojalá sigamos poniendo las cosas interesantes.