viernes, 2 de diciembre de 2016

Crónica: Gil Evans Paris Workshop



Lugar: Festival de Jazz de Madrid. Teatro del Instituto Francés de Madrid
Fecha: 30 de noviembre de 2016. 21:30 horas. Aforo completo

Gil Evans Paris Workshop

Laurent Cugny: Piano, dirección y arreglos; Antonin-Tri Hoang: Saxo alto; Martin Guerpin y Adrien Sanchez: Saxos tenores; Jean Philippe Scali: Saxo barítono; Quentin Ghomari, Olivier Laisney, Malo Mazurié y Brice Moscardini: Trompetas; Victor Michaud: Trompa; Bastien Ballaz y Léo Pellet: Trombones; Fabien Debellefontaine: Tuba; Marc-Antoine Perrio: Guitarra; Joachim Govin: Contrabajo; Gautier Garrigue: Batería





Gil Evans Paris Workshop Fuente: Instituto Francés




Asistir a un concierto de la Gil Evans Paris Workshop es una experiencia parecida a pasear por un laberinto de espejos. Gran parte de ello tiene que ver con la relación —y conexión—  de Laurent Cugny con el músico, compositor y arreglista Gil Evans. Porque Cugny pudo aproximarse a la mítica figura de Evans desde diversas perspectivas: la personal —aunque unida a la de musicólogo y biógrafo— cuando en 1986 lo conoció para escribir la biografía de Evans (Las Vegas Tango, 1989); y la musical, pues en 1987 Gil Evans y la Big Band Lumiere que lideraba Cugny grabaron dos álbumes y ofrecieron 21 conciertos en Europa.

No hay añoranza en la Gil Evans Paris Workshop, sino más bien realidad y futuro. Las raíces del proyecto se asientan sin duda en rendir homenaje al talento de Evans, que ya fascinó a músicos tan difíciles de impresionar como Miles Davis, con quien formó una de la parejas musicales más prolíficas de la historia del jazz. Pero no es fortuito que para deslumbrar con esta orquesta, Cugny haya elegido un grupo selecto de jóvenes músicos franceses (todos ellos nacidos en la década de 1980).


Laurent Cugny

El repertorio consiste en composiciones de Laurent Cugny y en arreglos originales de Gil Evans —sobre todo los que creó en las décadas de 1960 y 1970— y re-arreglos sobre estos. Y en este escenario —literal y literario— se presentó la Gil Evans Paris Workshop, una formación que aúna la capacidad artística individual con el trabajo en equipo, el ayer con el mañana, y el ingenio la con la sensibilidad.

Los solos que ofrecen los músicos de esta orquesta poseen una tremenda personalidad y diversidad, creando una cierta expectación en el auditorio cada vez que un miembro de la formación se ponía en pie para expresarse con su instrumento.

Así sucedió desde el primer tema del repertorio, Krikor, composición de Cugny, en la que el saxo tenor de Martin Guerpin se fue construyendo a partir de pequeñas pinceladas apenas sugeridas hasta alcanzar fraseos cargados de mensaje; mientras que el solo de trompeta optó por la melancolía y la contemporaneidad musical, ofreciendo ambos músicos un compromiso de coherencia hacia el tema pese a sus expresiones individuales.

Con Lilia pudimos traspasar la puerta de lo onírico gracias al trabajo de Cugny y Marc-Antoine Perrio a la guitarra. La orquesta fue poco a poco creando capas de realidades musicales, confirmando su autoridad en el ensamblaje orquestal.

El cuarteto de trompetas, en líneas de recuerdo polifónico, introdujeron el estándar Spoonful. El origen bluesy de la composición convirtió el contrabajo de Joachim Govin en el ónfalo del tema. Esta versión, creada a partir de los arreglos de Evans en su disco The Individualism of Gil Evans (1964) marcó uno de los momentos de mayor sofisticación del concierto. El solo inventivo en técnicas y matices de Antonin-Tri Hoang al saxo alto aportó la astucia que requiere el sentido musical para mostrar un espíritu creativo y conciliador entre la formación de Evans y la que presentaba con su propia orquesta.

Boogie Stop Shuffle, composición de Charles Mingus, fue uno de los temas más rápidos y potentes, con disonancias medidas al milímetro; se trata del trabajo que sólo una maquinaria musical de primera puede sacar adelante con éxito.

Tras la sugerente Liviore, volvió el éxito del riesgo: el de «el arreglo sobre el arreglo», en este caso sobre la versión de Davis/Evans sobre el clásico de los hermanos Gershwin My Man’s Gone Now, de Porgy and Bess. Heredó en los arreglos ese ambiente entre lo desapacible y lo bello, apoyado de nuevo en un gran trabajo del contrabajo (de hecho parte de los arreglos se inspiran en el trabajo de Marcus Miller, que tocó el tema con Miles Davis tanto en numerosos conciertos como en el disco We Want Miles), mientras los metales se convirtieron en auténticas plañideras, dando así un sentido completo al tema.

Con Rhythm a Ning vino Monk, y aunque tanto el arreglo como la interpretación optaron por un decidido swing orquestal, el espíritu de Thelonious fue constante, con una sección rítmica percusiva y unos vientos melódicos pero festivos que jugaron con las armonías monkianas, apoyándose en los juegos de escalas y el ostinato deliberado del solo de Jean Philippe Scali al saxo barítono.

La orquesta fue dirigida con eficiencia por Cugny (y Antonin-Tri Hoang al saxo alto) creando un espectáculo musical único, peculiar, conciliando el jazz a lo largo de las décadas y demostrando que esta música vibrante y compleja está en uno de sus mejores momentos.



@ Texto: Mirian Arbalejo











martes, 29 de noviembre de 2016

Gregory Porter y el fenómeno fan




Gregory Porter durante su actuación en el Festival de Jazz de Madrid
(Fotografía de Álvaro López del Cerro)



Debí haber prestado más atención a las señales. No sólo porque las entradas para el concierto que ofreció Gregory Porter en Madrid llevaban tiempo agotadas, sino porque al llegar al Centro Cultural de la Villa/Fernán Gómez encontré seguidores del cantante que sostenían con cierta solemnidad carteles en busca de una entrada. Menor discreción mostraban aquellos que acechaban en la taquilla pidiendo, suplicando, mendigando u ofreciendo pingües lucros a cambio de mi acreditación.

Ya en el auditorio, Porter (Los Ángeles, 1971) fue recibido entre vítores, aplausos y sonrisas de devoción. Es un músico muy querido, cierto, y esta entrega de su público no responde únicamente a su talento como vocalista —con ese timbre de enorme expresividad y profundidad que lo caracteriza en torno a su amplia tesitura de barítono— sino también a su carisma. Dominar un escenario y fascinar a su público de forma casi hipnótica forma parte del ADN de Gregory Porter.

Reconozco que en varios momentos del concierto recordé la mítica escena de Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Ya imagináis: el monólogo del replicante Roy Batty con su «He visto cosas que jamás creeríais...».

Hoy puedo decir que, en un festival de jazz, he escuchado a un público corear todas las canciones, dar palmas marcando el ritmo sin que se les pidiera desde el escenario, bailar en las butacas y levantarse a aplaudir al finalizar cada tema.

¿Sabéis lo que es un cover? Es un término en boga para definir una versión (de una canción de otro artista, por tanto). Si hubierais tenido sentado a vuestra derecha al chaval que ocupó dicha butaca, habríais dominado el concepto en todo su esplendor. Coreografía incluida en la totalidad de los temas. En más de una ocasión su fervor se le iba de las manos y tuve que emular a la torre de Pisa en dirección contraria a su interpretación para poder escuchar la de Porter.

Esto, queridos lectores, es el público soñado de cualquier músico (con la excepción de Keith Jarrett, claro está). Hubo más palmas que en El Rocío y mayor consagración a su deidad que un grupo de vestales.

Lo curioso de este fenómeno fan que tuve el enorme gusto de presenciar es que pese al carisma y el talento como vocalista de Gregory Porter (mostró un gran scat en On My Way To Harlem), su capacidad como compositor no encuentra un buen equilibrio con su nivel como intérprete.

Y por ello no puedo dejar de preguntarme dónde se encuentra este precioso público durante los conciertos que otros magníficos vocalistas ofrecen en su ciudad durante el resto del año.


@ Texto: Mirian Arbalejo
@ Fotografía: Álvaro López del Cerro/Madrid Destino




domingo, 20 de noviembre de 2016

Crónica: 'Bird Calls'. Rudresh Mahanthappa Quintet



Lugar: Festival de Jazz de Madrid. Auditorio del Centro Cultural Conde Duque. Madrid
Fecha: 17 de noviembre de 2016. 19:30 horas
Aforo completo

Bird Calls
Rudresh Mahanthappa: saxo alto
Adam O’Farrill: trompeta
Joshua White: piano
Francois Moutin: contrabajo
Rudy Royston: batería






Bird Calls es más que una llamada a hacer presente la música de Charlie Parker (de ahí lo de «Bird», claro). Tampoco supone sólo una llamada a nuestra atención sobre el sonido único de Rudresh Mahanthappa. No. Es una llamada a la magia, a un escenario único en el que ocurre lo imposible porque hay cinco músicos que pueden crear más allá de ellos mismos.

Esta capacidad de improvisación y de figurar es una de las pistas de que nos encontramos ante el mejor jazz. Y la intención es utilizar figurar en el sentido etimológico de la palabra. Fingo, en su origen latino, se refería a modelar materiales y objetos como la cera o el barro con la finalidad de crear, para, más tarde, evolucionar hacia el concepto de modelar la mente: componiendo, imaginando o figurando.

El quinteto nos mostró ambas facetas, pues los instrumentos se modelaron a gusto del músico, de modo que el saxo alto de Mahanthappa se convirtió en tantos otros como necesitara para recrear las llamadas a oriente, traspasar el lenguaje bebop o hacer un guiño al manouche. Pero si algo se conquistó fue el torno de la imaginación musical y de la belleza.

Valga como ejemplo el tándem Bird Calls #2 y Chillin’, donde el trabajo de Mahanthappa al saxo y de O’Farrill a la trompeta, pese a la brisa melódica del Relaxin’ At Camarillo de Parker y algún inevitable fotograma de la pareja musical que formó junto a Gillespie, fueron un solo viento cuando se quiso y un caleidoscopio de sonidos y emociones en su juego de fraseos, cantos, cánones, mantras y, cómo no, trinos de éstos y otros tiempos; de éstas y otras tierras.




El fascinante y sólido ensamblaje de la sección rítmica potenció en segundo plano y habló con la misma autoridad cuando volvió a ser quinteto.

Mención especial requieren los solos de cada uno de estos músicos; todos ellos trascendieron límites de género y técnica: desde el piano personal de Joshua White, capaz de hacer recordar a un tiempo a Roll Morton y a Schönberg con éxito y sentido por muy bipolar o inverosímil que esto parezca, hasta el contrabajo de Francois Moutin, que se expresa como le viene en gana porque puede hacerlo, ya sea en clave de rock o en el lenguaje más clasicista: todo funciona, todo tiene un sentido en este quinteto capaz de desestructurar y reexponer temas mientras cambian cuanto quieren de ritmo con la mayor naturalidad y eficiencia.

On The Dl y Man, Thanks For Coming desataron una suerte de mad-bop, mientras que Rudresh Mahanthappa eligió una interpretación algo más melódica que la registrada en el álbum en Sure, Why Not? y en el hermoso y envolvente Talin is Thinking (tema dedicado a su hijo a partir de la esencia de Parker’s Mood), donde se consuma el ideal del sonido.

Si Bird Calls fue elegido como uno de los discos favoritos de 2015 en esta bitácora, la experiencia de este hecho artístico comprende sin duda uno de los inolvidables de 2016.

Las capacidades, posibilidades y realidades en torno al concierto que ofreció este quinteto definen con certeza no sólo el buen jazz, sino sobre todo —gracias a ese pasaporte con sellos de diversos colores, texturas e ideas— la buena música y el acto dramático en su universalidad; esto es: lo imprevisible, lo que busca, y crea, y cree, y figura y se figura, y muestra su proceder para alcanzar la excelencia.



©Texto: Mirian Arbalejo
@ Fotografías: Álvaro López del Cerro/Madrid Destino



domingo, 13 de noviembre de 2016

Crónica: 'Salto al vacío'. Pablo Martín Caminero sexteto



Lugar: Festival de Jazz de Madrid. Auditorio del Centro Cultural Conde Duque. Madrid
Fecha: 11 de noviembre de 2016. 19:30 horas
Aforo completo

Presentación del disco Salto al vacío, de Pablo Martín Caminero
Pablo M. Caminero: contrabajo
Ariel Brínguez: saxofones
Toni Belenguer: trombón
Moisés P. Sánchez: piano
Borja Barrueta: batería
Paquito González: percusión




@ Fotografía: Álvaro López del Cerro/Madrid Destino




Es bien sabido que en Música hay ciertos requerimientos básicos; digamos que la armonía, el ritmo y la melodía en la composición, y la desenvoltura en la interpretación. Cuando el músico encuentra su lenguaje y ofrece honestidad, se trasciende la partitura y se conquista la difícil cualidad de crear emoción.

En el caso de Salto al vacío —disco que presentó Pablo Martín Caminero en el Festival de Jazz de Madrid—, la probidad en la composición, la autoridad en la interpretación de los seis músicos que se adueñaron del escenario y la habitual capacidad de provocar una respuesta sensible en quien escucha traspasó una rara linde: la de la música como un instrumento de narración efectivo e intensamente descriptivo.


Los efectos plásticos y sensitivos que se crearon con el tema que da título al disco superaron con mucho lo meramente auditivo. Y aunque el autor dio aviso con su ya proverbial elocuencia de que iba a abrir el concierto con Jazz flamenco programático —y pese a que no vamos a restarle razón—, lo cierto es que Salto al vacío está más cerca de una suite que de un tema de fusión programática.

Que nadie se engañe con estos conceptos pues no forman parte de ningún manual de musicología misteriosa, sino de la descripción de una vivencia real del compositor. Vamos, que se tiró en paracaídas y nos lo ha contado con precisión milimétrica y una capacidad narrativa decididamente audiovisual y casi literaria.

Los cuatro movimientos que componen esta pieza-suite (El despertar del héroe, Aproximación, El salto, ¡Estamos vivos!) narran la experiencia valiéndose de todos los medios imaginables (o más bien inimaginables) para lograr los efectos de sonido que permitirán que el oyente pueda realizar ese salto al vacío. Esos medios no se limitarán al contrabajo repleto de recursos que rebasó hace tiempo un lenguaje único de géneros, como mostró en su primer —y sucesivos— solo. Ni el testigo que tomó Toni Belenguer con su vibrante swing, recordándonos por qué es considerado por muchos el mejor trombonista de Europa. Tampoco fue terreno exclusivo del carismático saxofón de Ariel Brínguez en su bop creativo y, como es costumbre, elegante.

No. En el escenario no hubo reglas pero sí un marcado objetivo por crear una experiencia real para quien escuchaba en su butaca.




Por eso, en este punto, hay que indicar que, al comienzo de esta crónica, donde reza Moisés P. Sánchez: pianista, léase también papelista sobre cuerdas; lo mismo sucede con Paquito González: percusión, convertido en esta ocasión en agitador de abrigo.

Doy fe: sentimos miedo antes del salto, alcanzamos la sensación de vacío, el viento fue un fuerza terrible, el sonido del paracaídas reclamó nuestra concentración y la euforia tras el salto perduró.


La emoción que es capaz de crear este sexteto sobrepasa con mucho este jazz narrativo. Encontraremos ternura y afecto en Valse pour Noor y Eider, buceando en mares orientales o reclamando absoluta atención al piano de Moisés P. Sánchez, que fue en realidad muchos pianos en un solo teclado, reinterpretando herencias y expresándose como el gran creador que es.


Fusionar el jazz y el flamenco no es fácil. O, dicho con mayor rotundidad, no es fácil hacerlo bien. Aún más difícil es lograrlo con excelencia.
La fusión bien entendida, bien compuesta y mejor interpretada la encontraremos en Por Camineras y en el homenaje a unas falsetas de Paco de Lucía que obsequiaron como bis.

En esta ocasión el líder del grupo no se atrevió a contar el porqué del título Por Camineras porque «estaba feo» (preguntaremos al flamencólogo Faustino Núñez entonces), pero avisó de que tenía «un groove un poco singular» (recuerden, nos habíamos decantado algunos párrafos atrás por proverbial elocuencia).

La fusión como tal no importa en las composiciones de Pablo M. Caminero y, posiblemente, esta despreocupación ante las etiquetas, unida a una formación excepcional y la convicción por crear un trabajo honesto sean algunos de los pilares clave para que este Salto al vacío emocione, convenza y alcance algunas de las metas a que aspira el arte: abstraer a quien lo presencia y reclamar su sensibilidad.

La elección de cada uno de los músicos tampoco es fortuita, y será, de hecho, un elemento básico del éxito del grupo como un todo. El trabajo de la batería y la percusión de Barrueta y González será un motor pero también la caricia cuando la composición lo requiere.

La manera de dialogar de Brínguez y Belenguer y crear matices sorprendentes será otro de los elementos de lujo del sexteto.


Fotografía: Álvaro López del Cerro/Madrid Destino



Cuando el contrabajista anunció que había dedicado su disco a Esther Cidoncha y a Juan Claudio Cifuentes, «Cifu», el aplauso en el auditorio fue espontáneo. Y, con Cifu para los amigos, llegó uno de los momentos más plenos del concierto.

Belenguer presentando la melodía sobrecogió, el contrabajo abrazó pronto el tema, Brínguez marcó la sonrisa con su visita a Milestones (sintonía de uno de los programas de Cifu), el piano exigió improvisación y la percusión ya estaba más que entregada a ella, a la locura vital y el civilizado arte que componen el denominador común entre el homenajeado y los seis músicos que celebraban el aquí y el ahora: ese arte se llama, como todos saben, jazz.



@ Texto: Mirian Arbalejo
@ Fotografías: Álvaro López del Cerro/Madrid Destino