sábado, 23 de julio de 2016

Crónica: John McLaughlin y The 4th Dimension






Lugar: Festival Noches del Botánico. Real Jardín Botánico Alfonso XIII. Madrid
Fecha: 19 de julio de 2016. 21:30 horas

John McLaughlin y The 4th Dimension

John McLaughlin, guitarra eléctrica
Etienne Mbappe: bajo eléctrico
Gary Husband: teclados, batería
Ranjit Barot: batería y percusión





Quienes seguimos la carrera del músico peculiar que es John McLaughlin disfrutamos de su actuación en Noches del Botánico.


Quienes amamos el jazz nos quedamos en barbecho.


Pero ése es el riesgo de acudir a una cita musical convocada por McLaughlin: un compositor y guitarrista de privativa cepa: pese a que sus padres le hicieron sostener un violín cuando apenas había dejado de gatear, el niño McLaughlin ya se interesaba por el flamenco en una Inglaterra donde era casi imposible escuchar ni medio palo del género. Tuvo más facilidad en conocer el trabajo de músicos como Django Reinhardt y Stéphane Grappelli. Por supuesto, se embebió en el rock y el jazz, y tras colaborar con músicos como Miles Davis, John McLaughlin se convirtió en una figura musical en continua búsqueda. Aún lo es.
Esta circunstancia es además vital, pues el hinduismo de Mahavishnu John McLaughlin no sólo ha tenido gran impacto en su música, sino en su forma de ver el mundo, a sus semejantes y a sí mismo.





Su actual banda, The 4th Dimension, refleja bien ese crisol de culturas y sonidos, bautizando el concierto con los dos instrumentos primigenios, la voz y la percusión, en una polifonía coral a cuatro voces interpretando un scat de fonemas percusivos y raíces orientales.


Con el funk de Little Miss Valley se desarrolló la euforia tanto entre el público como en el propio escenario, en un tema —y perdóneseme el simplismo— eminentemente feliz, que corroboró el gran sonido de la banda y su complicidad.

No faltó el recuerdo a Paco de Lucía, amigo, pareja musical y compañero de batallas de McLaughlin.
Era inevitable que lo tuviera presente, no sólo por estar actuando en España, sino porque además acababa de llegar de Algeciras precisamente de un homenaje al maestro. Interpretó un tema sobre el que ambos guitarristas estuvieron hablando, al parecer con gran entusiasmo, un par de días antes del fallecimiento del tocaor. McLaughlin terminó titulando el tema El Hombre Que Sabía, una pieza de fusión donde el flamenco prevalece.



La noche trajo baladas que se transformaban en rock-fusión, como Gaza, que aportó una percusión inventiva pero que acabó en una cierta desmesura de Gary Husband en los teclados y la batería. Construyó Husband armonías más originales y sosegadas en Panditji, que ofreció alguna de las interpretaciones más hermosas de McLaughlin, muy melódico, melancólico y francamente impecable.


Hijacked fue otro ejemplo de pentagrama en evolución y de trabajo individual y grupal: un teclado de inspiración impresionista nos llevó hasta el bajo de Etienne Mbappe, enfundado en sus guantes negros, aportando un toque de emoción que la guitarra de McLaughlin convirtió en una narración musical tomando el papel de rapsoda de la pieza desde su guitarra certera y límpida, siempre bien arropados por la batería de Ranjit Barot.





Este buen entendimiento entre Mbappe y McLaughlin fue aún más poderoso en Mother Thonge, donde pudimos presenciar uno de los solos de bajo más celebrados de la noche, con una desenvoltura cargada de júbilo y un slap infalible.


Bajo la luna llena de Madrid llegó como regalo el generoso bis doble: You Know, You Know, cuya traducción libre es Muerte por escalas y otros prodigios del señor McLaughlin, y un fin de fiesta que se desarrolló entre capas de géneros y un ambiente envolvente que creó entusiasmo entre un público que abandonó el recinto con una sonrisa marca McLaughlin.




Texto © Mirian Arbalejo
Fotografías © Mirian Arbalejo



lunes, 18 de julio de 2016

Crónica: Concierto doble: Scofield, Mehldau y Guiliana. Antonio Sánchez y su Migration Band




Lugar: Festival Noches del Botánico. Real Jardín Botánico Alfonso XIII. Madrid
Hora: 21:00 (Retraso. Comienzo a las 21:40)

John Scofield (guitarra, bajo) - Brad Mehldau (piano, Fender Rhodes) - Mark Guiliana (batería, percusión eléctrica)

Antonio Sánchez y Migration Band: Antonio Sánchez (batería), Thana Alexa (voz), Seamus Blake (saxo tenor, EWI), John Escreet (piano, Fender Rhodes), Matt Brewer (contrabajo, bajo eléctrico)






Grandes nombres formaron el reclamo para que el público se decidiera por asistir a este concierto: recopilar el número de galardones —desde decenas de Grammys hasta el Globo de Oro— y de álbumes publicados como líderes o sidemen que reúnen entre estas consagradas figuras del arte de la composición y la interpretación nos llevaría un tiempo más que considerable. Sin embargo, el valor de las actuaciones que tuvieron lugar en el escenario de Noches del Botánico no residen en listados ni currículos, pues la prueba de fuego del músico es siempre el hic et nunc: lo valorable para un público —y para el propio músico— es lo que sucede aquí y ahora.



Las dos propuestas, definitivamente diferentes en su concepto y desarrollo, tuvieron algo en común, y es que giraban en torno a sus respectivos bateristas, hecho éste muy poco frecuente, pero comprensible cuando nos encontramos ante dos de los mejores profesionales de la batería que existen en la actualidad.



El ecléctico e inventivo Mark Guiliana fue el cimiento sobre el que se sustentó el trío que completaron John Scofield y Brad Mehldau. Su batería fue constante pero nunca invasiva.


Brad Mehldau, John Scofield y Mark Guiliana fotografiados por Sergio Cabanillas


Comenzaron el concierto con Wake Up, tema de Mehldau, cuyos coros al teclado nos dieron la pista para reconocer las intenciones creativas del supertrío, tomando la esencia de la anterior colaboración entre Guiliana y Mehldau en su álbum Mehliana, y las experiencias musicales del baterista con Dave Douglas, buscando ahora la creación en trío de un ambiente disco sofisticado desde el beat music de una batería incesante.


Con Pop Ho hubo un marcado cambio de tercio, en el que el funky ostinato de Scofield fue llevándonos de manera imperceptible por un viaje de géneros, en el que nos hizo visitar el rock, el blues y el jazz pese a sufrir en pleno tema problemas técnicos con el amplificador (problemas que, desgraciadamente, la banda de Antonio Sánchez hubo de experimentar más tarde). Lo solventó tomando su bajo, lo cual, junto con el apoyo de Guiliana resultó la base rítmica ideal para la improvisación de Mehldau. Cuando por fin pudo retomar la guitarra, John Scofield  se resarció con un solo memorable en el que fue capaz de hacer que su instrumento cantara, silbara y hasta gruñera, quizá como rapapolvos al error ajeno que le había hecho tener que dejar la guitarra minutos antes.


No funcionó así It Was What It Was, que, entre la búsqueda de lo ascético y la visión de lo desapacible, perdió a parte del público.


Lo recuperaron con su siguiente pieza, con Mehldau al piano creando coros de inspiración definitivamente clásica, con el obbligato de la guitarra, comprendiendo y dialogando con Mehldau sobre una rítmica de Guiliana inventiva pero nunca intrusiva, haciendo evolucionar un tema que se mece entre el clasicismo, el jazz y el pop, con sonidos ricos y una evolución in crescendo, remarcada por la interpretación al unísono de Mehldau a los teclados y al piano.


Love The Most fue la personificación del género musical que consigue ser Scofield cuando es uno solo con su guitarra. Un tema melódico, límpido en la interpretación y cargado de emoción.


El bis, More Jungle, trajo el solo de Guiliana: ligero, infalible, ofreciendo su sofisticación polirrítmica en bandeja delicada. Un solo que se disfrutó —y mucho— pese a que el público, a esas alturas del concierto, tenía muy claro la clase de músico excepcional ante quien se encontraban. Y es que Mark Guiliana fue la verdadera amalgama de este proyecto que lleva apenas un mes de bagaje. Un trío de personalidades musicales en la categoría de excelencia que aún busca su identidad, no como trío, sino como proyecto musical. Haremos bien en vigilar su evolución.




Totalmente diferente fue la propuesta de Antonio Sánchez y su Migration Band, que presentaron un todo de gran coherencia: una suite en cinco movimientos con un relato rico narrado por un quinteto que fue un solo ente.


Antonio Sánchez y su Migration Band fotografiados por Sergio Cabanillas



Existe algo definitivamente ellingtoniano en la manera en que Antonio Sánchez ha compuesto esta poligenérica suite, pues parece innegable que, tal y como hacía Duke Ellington con su propia orquesta, The Meridian Suite ha sido creada pensando en las cualidades de cada uno de los miembros de su banda. Conseguir contar con grandes profesionales —líderes a su vez de sus propios proyectos— es un valor para la banda, pero conocerlos musicalmente y aprovechar sus cualidades es el verdadero mérito que aporta mayor coherencia y naturalidad a la composición de la suite.


Es difícil imaginar a otros dos músicos que no sean Seamus Blake y Thana Alexa sonando a un tiempo como uno solo. Hecho éste que no coerció las expresiones individuales de cada uno de los músicos , sino que de hecho las potenció en cada uno de sus solos.


Así, pudimos escuchar un trabajo de gran cohesión de Blake al saxo y EWI durante el desarrollo de la suite, pero fue en los solos de saxo donde desarrolló ad libitum su música como individuo: desde los fraseos más clásicos y sus hermosas escalas bachianas, pasando por el rock, el blues y su expresivo dominio del lenguaje bop.


Las interpretaciones siamesas que compartió con Thana Alexa crearon una infalibilidad fascinante. El control sobre el tempo de Alexa, su inteligencia para utilizar su amplio registro como elemento de la suite y su dominio del scat fueron piezas imprescindibles para entender este viaje musical que propone Antonio Sánchez, que ha sido capaz de hacernos visitar diversos meridianos no sólo a través del relato de la composición, sino de los propios miembros de la banda, ya fuera en quinteto o, por momentos, en trío de jazz. The Meridian Suite presenta y revisa sus leitmotivs como herramienta para hacernos reconocer lugares o estados anímicos, en ocasiones envueltos en un clima característico; volviendo a ellos cuando el viaje conceptual de la composición de Sánchez lo requiere.


El bajo de Brewer marca una rítmica clara, pero será su contrabajo—tanto en su acompañamiento como en sus improvisaciones en solo— el que aportará la profundidad, que, junto al trabajo imaginativo y de inagotables recursos de la batería de Sánchez, y el personal y comprometido desarrollo musical de Escreet al piano y Fender Rhodes, conforman una sección rítmica que traspasa tal concepto.

Un relato original, viajando entre géneros, con ritmos que se doman al antojo de la narración, retos modales, evocaciones, reflexiones musicales: toda esta Odisea en pentagrama consiguió ser transmitida con éxito a través de cinco movimientos y cinco músicos que fueron uno solo.



Texto: © Mirian Arbalejo
Fotografías: © Sergio Cabanillas


miércoles, 13 de julio de 2016

Reseña: «Holding The Stage: Road Shows, Vol. 4», de Sonny Rollins


El Coloso. El Hombre.








La música de Sonny Rollins es un regalo. Él es un regalo. Su persona debería estar protegida por la UNESCO.



Este cuarto volumen de la serie Road Shows contiene una serie de características que lo diferencian de las anteriores entregas. Rollins es tan consciente de ello que nos avisa desde antes de escuchar el disco: el título contiene una advertencia y una confesión (Holding The Stage [algo así como «aferrándose al escenario»]) y la portada rompe el diseño de la serie con la elección de una imagen de Rollins.


También la selección de los temas (directos a lo largo de más de tres décadas) confronta los conocidos estándares perfeccionistas del coloso: ojo, esto no tiene la más mínima relación con la calidad de las actuaciones sino con circunstancias en el sonido de las últimas dos piezas del álbum que Rollins jamás habría permitido. De hecho fueron vetadas por él mismo de la publicación a la que deberían haber pertenecido: Without A Song: The 9/11 Concert, el histórico directo en el Berklee Performance Center de Boston cuatro días después del 11S, fecha sobre la que volveremos más adelante, pues nos ofrece posibles claves para entender hechos musicales y personales que este cuarto volumen de la serie Road Shows revela.

El disco comienza con el imbatible tándem Rollins-Ellington y el inventivo ejercicio del saxofonista mimando y refrescando el estándar ducal In A Sentimental Mood. Quienes asistieron a aquel concierto en Londres (2007) atestiguaron la magia que crea Rollins durante sus solos, cuando su improvisación es más pura: 5 minutos de ejercicio caleidoscópico, de descripción, creación, emoción y coherencia.









El optimismo de Professor Paul, homenaje a Paul Jeffrey, nos servirá de desprevenido puente hacia el último directo de Rollins del que existe constancia editada, gracias a este Volumen 4 de Road Shows. El tema corresponde a un concierto en Praga en 2012, meses antes de que una fibrosis pulmonar hiciera al Coloso dejar los escenarios.







Esta pieza cuenta mucho sobre Rollins: el músico y el hombre. Su título: Mixed Emotions.
Se trata de uno de los temas más breves de su catálogo, por debajo de los dos minutos; prácticamente inverosímil en un directo de Rollins. El guitarrista Saul Rubin apoya un solo de Rollins que se desvanece entre lo real y la duda, entre el hombre y el coloso, entre la mitología y la carne.







Mixed Emotions pertenece además a ese grueso de temas que es difícil encontrar en la actualidad en discos de otros artistas: material musical más bien relacionado con el Tin Pan Alley; composiciones antiguas que en muchas ocasiones fueron flor de un día pero que existen en la memoria de Rollins, quien las trae de vuelta a la vida para regocijo de su auditorio. Someday I’ll Find You es uno de sus ejemplos más constantes. En este disco sucederá también con la elección de Mixed Emotions y Sweet Leilani.

Precisamente esa mezcla de emociones que nos hará sentir todo lo que contiene ese minuto y 50 segundos desembocará, cual anecdótico riachuelo, en el todo que es Sonny Rollins, llevándonos al océano de energía que ofrece el tema más potente del disco: Keep Hold Of Yourself, con un swing y una potencia a prueba de kevlar.






Retoma Rollins los homenajes con Disco Monk, su flirteo con el pop en recuerdo de Thelonious Monk, y H. S., el rítmico y bluesy tema que responde a las iniciales de Horace Silver, con un solo «puro Rollins», inventivo, infinito y único.





Entre Monk y Silver, el Rollins baladista —dulce, real, cálido, honesto— interpreta el estándar de Johnny Green You’re Mine You sin despegarse del saxo un solo segundo.






Pero es en este punto donde hemos de hacer un viaje a hechos que acontecieron hace casi 15 años en Manhattan, a pocas manzanas de la entonces vivienda de Sonny Rollins y su esposa, Lucille.

Este artículo de Nate Chinen para JazzTimes contiene —entre otras muchísimas palabras de valor— el relato de cómo, tras el choque del segundo avión contra las Torres Gemelas, Rollins tragó toda aquella «nieve» tóxica que se produjo. Tuvieron que esperar un día más para poder ser evacuados de su apartamento, de modo que intentó concentrarse en hacer lo que Rollins hace todo el tiempo: tocar, tocar y tocar. Pero no pudo. Su estado físico estaba tan afectado por la inhalación que vio clara la imposibilidad de tocar aquel día.

Lo hizo cuatro días más tarde, en el evento del que hemos hablado con anterioridad y que fue registrado en el imprescindible álbum Without a Song: The 9/11 Concert. Sin embargo, no se publicó el concierto completo por la inconformidad de Rollins con problemas con los micrófonos. Sí ha decidido hacerlo ahora, con el medley de los tres últimos temas de este cuarto volumen de la serie Road Shows, y que comprende Sweet Leilani, Solo y, por supuesto, el fin de fiesta habitual marca de la casa: el calipso Don’t Stop The Carnival.







La dolencia pulmonar de Rollins puede producirse por diversas causas, muy habitualmente idiopáticas, de modo que médicamente se baraja la posibilidad de que aquella nube tóxica pueda ser la razón de la fibrosis que afecta los pulmones más queridos del planeta.

Si hace apenas dos años confesaba Rollins que practicaba sin parar todos los días pese a haber dejado (en su voluntad temporalmente) los escenarios, ahora sabemos que incluso tocar la flauta es una actividad a la que no puede enfrentarse.

Su confianza en la ciencia y su colosal voluntad son elementos que no debemos subestimar. Quienes hemos tenido la suerte de escuchar al Coloso sabemos que sería un error.

Por eso, al otro lado del puente, entre la mitología y la mortalidad, estaremos esperando a Sonny Rollins en cualquiera de las formas en que quiera mostrarse, mientras este Holding The Stage queda apretado contra nuestro pecho, conteniendo toda su esperanza y desesperanza, agradecidos por un legado que deseamos que continúe.


© Mirian Arbalejo




Road Shows, vol. 4 – Holding the Stage
Doxy/Okeh. 2016




In a Sentimental Mood: Sonny Rollins – tenor saxophone, Bobby Broom – guitar, Bob Cranshaw – bass, Jerome Jennings – drums, Kimati Dinizulu – percussion

Professor Paul (Rollins: Sonny Rollins – tenor saxophone, Peter Bernstein – guitar, Bob Cranshaw – bass, Kobie Watkins – drums, Sammy Figueroa – percussion

Mixed Emotions: Sonny Rollins – tenor saxphone, Saul Rubin – guitar

Keep Hold of Yourself (Rollins): Sonny Rollins – tenor saxophone, Clifton Anderson – trombone, Stephen Scott – piano, Bob Cranshaw – bass, Harold Summey Jr. – drums, Victor See Yuan – percussion

Disco Monk (Rollins): Sonny Rollins – tenor saxophone, Mark Soskin – piano, Jerome Harris – bass, Al Foster – drums

You’re Mine You: Sonny Rollins – tenor saxophone, Clifton Anderson – trombone, Stephen Scott – piano, Bob Cranshaw – bass, Perry Wilson – drums, Kimati Dinizulu- percussion

H.S. (Rollins): Sonny Rollins – tenor saxophone, Bobby Broom – guitar, Bob Cranshaw – bass, Victor Lewis – drums, Kimati Dinizulu – percussion

Medley:
Sweet Leilani
Solo (Rollins only)
Don’t Stop the Carnival (Rollins): Sonny Rollins – tenor saxophone, Clifton Anderson – trombone, Stephen Scott – piano, Bob Cranshaw – bass, Perry Wilson – drums, Kimati Dinizulu- percussion